La taza
La despierto cada mañana con un sorbo de café. Para ella, infaltable. Casi sagrado como su rutina de entrenamiento para renovar su energía, activar sus endorfinas y empezar cada día con una sonrisa en su rostro, al son de una canción pegadiza, mientras baila en la cocina sintiendo el ritmo de la música en sus caderas. No solo baila. A veces canta también porque le viene esa necesidad desde sus entrañas. La necesidad de querer verbalizar en melodías lo que siente y recitar con los ojos cerrados esas partes de la canción donde se identifica y se revela. Cierra los ojos porque así puede sentir la letra y la música en su pecho, en su alma. No le importa si baila o entona bien. Le importa sentir, le importa cantar, sacar para afuera, expresar lo que su cuerpo siente, como un bendito ritual, porque está convencida que esa es su única religión: expresar para no enfermar. Conmigo hace algo parecido: disfruta tomarme con sus dos manos, me sostiene rodeándome con sus palmas para sentir mi calorc...