Donde no hay nada, estás vos
Habitar el vacío a veces te calma, a veces te ahoga. Pero quien lo evita, también se evita a sí mismo. Habitar el vacío es tan necesario como el primer soplo de vida de un recién nacido. Es un acto de extrema supervivencia. Es elegir una vida con voz propia. Y sí, también es ahogarse. Hasta sentir que no te llega el aire a los pulmones. Ese vacío no se llena con cualquier cosa. En el fondo, siempre sabés cuándo lo estás llenando para no habitarlo. Evadís la angustia y la confundís con confort. Evadís la soledad para no encontrarte con vos. Con tu voz. Un error de aprendiz. Porque en el vacío —en el silencio— te encontrás. Te hablás. Te escuchás. Ahí no hay superficialidad que alcance. Ahí no hay máscaras, ni filtros, ni atajos. De ese espacio nace, crece y se enraíza tu yo auténtico. El que no pide permiso. El que no actúa. El que simplemente es. Habitar el vacío te desnuda por completo. Como cuando un par de manos te reciben al venir al mundo por primera vez. ¡Graci...