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Hogar, arquitectura íntima de lo cotidiano

Camino por las calles de mi barrio. No es casualidad que lo hayan apodado el barrio inglés . Siempre hay una divina coincidencia que viene a tocar alguna parte de mí, como si las calles que camináramos también supieran quiénes somos. Caminar por estas calles me hace sentir en casa. Pero quiero ponerme técnica, casi filosófica, porque no es lo mismo que un hogar. Definir qué es hogar es casi tan imposible como definir lo abstracto. Y si intentamos definir algo, ya lo estamos limitando, diría el chino Darín. Aun así, siento la imperiosa necesidad de describir una secuencia de escenas que, en mi imaginario, construyen hogar: El olor a comida recién hecha flotando en el aire como humo sagrado. El murmullo de una televisión encendida en otra habitación. Una voz que avisa que hay que poner la mesa porque la cena ya está lista, seguida del sonido de los cubiertos y los platos acomodándose para compartirse. La chispa de una hornalla encendiendo una olla como quien enciende un ritual. ...

La piel de gallina

Chicken skin o goosebumps , en inglés. Una expresión coloquial para nombrar eso que te atraviesa tan hondo que despierta algo que ni sabías que estaba ahí. Una revelación sagrada de la piel cuando algo invisible la toca primero. Ironías del lenguaje, ¿no? Ser “gallina” se asocia a ser miedoso (o de River), pero sentir piel de gallina es todo lo contrario. Dicen que es miedo. Yo creo que es presencia. Es el instante en que algo más grande te roza: una verdad, una intuición, un amor, una herida, la belleza. La piel que se eriza es un mensaje del subconsciente emocional. A veces es el alma reconociendo algo antes que la mente. Una memoria antigua activándose en silencio. Una vibración que llega sin avisar. Cuando la piel se eriza, el cuerpo recuerda que es un portal. Que no todo se explica con palabras. Que hay mensajes que llegan con una sutil electricidad, como susurros sin idioma. Como un mensaje inesperado que te recuerda que estás viva. Que algo te tocó. Que sentís. Sentir tanto es ...

Besos que no sabían tu nombre

Imposible olvidar los besos que te di en la espalda como quien recuerda un rezo que aprendió en secreto. Mi boca seguía el oleaje lento de tu respiración, y besar era una forma de inclinar mi alma. Abrazada de atrás a tu cintura, sembré mis besos como quien cuenta estrellas en una noche sin luna, hasta que el tiempo se volvió innecesario y el número perdió sentido. Entonces tu cuerpo se movió, como si supiera pedir sin voz, como si el deseo tuviera su propia gramática, anterior a las palabras. Ese idioma que sólo hablan los cuerpos cuando se saben a salvo, cuando no necesitan traducirse ni justificarse. ¿Era amor ese lenguaje? ¿O era un cuerpo pronunciando la palabra amor sin saber todavía su nombre? ¡Gracias por leer! 

Donde no hay nada, estás vos

Habitar el vacío a veces te calma, a veces te ahoga. Pero quien lo evita, también se evita a sí mismo. Habitar el vacío es tan necesario como el primer soplo de vida de un recién nacido. Es un acto de extrema supervivencia. Es elegir una vida con voz propia. Y sí, también es ahogarse. Hasta sentir que no te llega el aire a los pulmones. Ese vacío no se llena con cualquier cosa. En el fondo, siempre sabés cuándo lo estás llenando para no habitarlo. Evadís la angustia y la confundís con confort. Evadís la soledad para no encontrarte con vos. Con tu voz. Un error de aprendiz. Porque en el vacío —en el silencio— te encontrás. Te hablás. Te escuchás. Ahí no hay superficialidad que alcance. Ahí no hay máscaras, ni filtros, ni atajos. De ese espacio nace, crece y se enraíza tu yo auténtico. El que no pide permiso. El que no actúa. El que simplemente es. Habitar el vacío te desnuda por completo. Como cuando un par de manos te reciben al venir al mundo por primera vez. ¡Graci...

El colador de los recuerdos

Es domingo. Nunca madrugo los domingos. Es muy raro que lo haga. Sucede cada muerte de obispo, como diría mi abuela. Aunque los dichos de "vieja" los aprendí de mamá y los llevo con orgullo. Este domingo en particular estaba todo dado para levantarme a una hora socialmente aceptable, pero la criatura salvaje y domesticada de mi perrito, Balto o Baltimore, como lo llamo en inglés, vino a encallar a mi lado, en la cama. Buscó su huequito para que su cuerpo y el mío encastren cual piezas de rompecabezas. Mi regocijo fue tan placentero, como cuando terminabas de hacer encajar la última pieza que armaba el rompecabezas, pero con la diferencia de que una vez que lo terminabas, no sabías que hacer y yo, ese domingo de verano, en mi cama, enredada a Baltito, sí, sabía. Supe ser feliz con muy poco, o con mucho mejor dicho: el calorcito de los dos, los mimos que le entregaba y nuestras respiraciones profundas al unísono que nos condujeron a esa paz inigualable que vas teniendo cuando c...

Aprendió a llover en paz

¿Existirá algo más maravilloso que sentir una calma plena por dentro mientras, afuera, una tormenta intensa parece tirar el mundo abajo? —Se preguntó, pero no quiere saberlo. Esa dualidad exacta: paz y caos coexistiendo. Tan opuestos. Tan necesarios. Fue la primera vez que sintió calma adentro suyo mientras el cielo se caía a pedazos y la lluvia se estrellaba contra el techo de chapa. El sonido torrencial, violento, insistente, le provocó un bienestar inexplicable. Se sentó. Cerró los ojos. Y se entregó. Meditó con lo que había, con lo que era, con lo que estaba pasando. Sin resistirse, decidió entregarse por completo. Sin empujar nada más. Nunca más. Ya no quería forzar. Solo sentarse a ver pasar la vida: los momentos, la quietud, las tormentas. Porque, en el fondo, confiaba. En ella. En su alma. En su historia. En su propia coherencia. Pensó que jamás iba a poder habitar una sensación así de contradictoria. Siempre le tuvo miedo a las tormentas. A los truenos, al viento...

La reposera me habló

Es domingo a la mañana en mi cocina. Me apoyo sobre la mesada, levanto la mirada y el vidrio de la puerta que da al patio quedó lo suficientemente abierta para que me refleje la imagen de una reposera negra, en el medio del jardín tan verde. Está sola en posición erguida, como si estuviera esperando que alguien se siente y la ocupe, pero lo más notable es que está mirando al centro, como si estuviese en una ronda en posición de apertura, lista para hablar. Tomo un sorbo de café. Quiero leer para distraerme y un texto viene a hablarme directamente a mí, lo empiezo a leer y al toque pienso: ¿Es joda esto? El texto: Si de aquí no soy, ¿por qué me quedo? He pasado mucho más tiempo del que he querido en lugares equivocados. Me he sentado en una mesa que no era la mía, sonriendo por compromiso. Es la sensación de ocupar un asiento prestado. Cumplir con la presencia, pero con la mente en otro lado. Fingir que está bien, mientras algo en el fondo repite: acá, no es. Me acostumbré a esa incomod...