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Donde no hay nada, estás vos

Habitar el vacío a veces te calma, a veces te ahoga. Pero quien lo evita, también se evita a sí mismo. Habitar el vacío es tan necesario como el primer soplo de vida de un recién nacido. Es un acto de extrema supervivencia. Es elegir una vida con voz propia. Y sí, también es ahogarse. Hasta sentir que no te llega el aire a los pulmones. Ese vacío no se llena con cualquier cosa. En el fondo, siempre sabés cuándo lo estás llenando para no habitarlo. Evadís la angustia y la confundís con confort. Evadís la soledad para no encontrarte con vos. Con tu voz. Un error de aprendiz. Porque en el vacío —en el silencio— te encontrás. Te hablás. Te escuchás. Ahí no hay superficialidad que alcance. Ahí no hay máscaras, ni filtros, ni atajos. De ese espacio nace, crece y se enraíza tu yo auténtico. El que no pide permiso. El que no actúa. El que simplemente es. Habitar el vacío te desnuda por completo. Como cuando un par de manos te reciben al venir al mundo por primera vez. ¡Graci...

El colador de los recuerdos

Es domingo. Nunca madrugo los domingos. Es muy raro que lo haga. Sucede cada muerte de obispo, como diría mi abuela. Aunque los dichos de "vieja" los aprendí de mamá y los llevo con orgullo. Este domingo en particular estaba todo dado para levantarme a una hora socialmente aceptable, pero la criatura salvaje y domesticada de mi perrito, Balto o Baltimore, como lo llamo en inglés, vino a encallar a mi lado, en la cama. Buscó su huequito para que su cuerpo y el mío encastren cual piezas de rompecabezas. Mi regocijo fue tan placentero, como cuando terminabas de hacer encajar la última pieza que armaba el rompecabezas, pero con la diferencia de que una vez que lo terminabas, no sabías que hacer y yo, ese domingo de verano, en mi cama, enredada a Baltito, sí, sabía. Supe ser feliz con muy poco, o con mucho mejor dicho: el calorcito de los dos, los mimos que le entregaba y nuestras respiraciones profundas al unísono que nos condujeron a esa paz inigualable que vas teniendo cuando c...

Aprendió a llover en paz

¿Existirá algo más maravilloso que sentir una calma plena por dentro mientras, afuera, una tormenta intensa parece tirar el mundo abajo? —Se preguntó, pero no quiere saberlo. Esa dualidad exacta: paz y caos coexistiendo. Tan opuestos. Tan necesarios. Fue la primera vez que sintió calma adentro suyo mientras el cielo se caía a pedazos y la lluvia se estrellaba contra el techo de chapa. El sonido torrencial, violento, insistente, le provocó un bienestar inexplicable. Se sentó. Cerró los ojos. Y se entregó. Meditó con lo que había, con lo que era, con lo que estaba pasando. Sin resistirse, decidió entregarse por completo. Sin empujar nada más. Nunca más. Ya no quería forzar. Solo sentarse a ver pasar la vida: los momentos, la quietud, las tormentas. Porque, en el fondo, confiaba. En ella. En su alma. En su historia. En su propia coherencia. Pensó que jamás iba a poder habitar una sensación así de contradictoria. Siempre le tuvo miedo a las tormentas. A los truenos, al viento...

La reposera me habló

Es domingo a la mañana en mi cocina. Me apoyo sobre la mesada, levanto la mirada y el vidrio de la puerta que da al patio quedó lo suficientemente abierta para que me refleje la imagen de una reposera negra, en el medio del jardín tan verde. Está sola en posición erguida, como si estuviera esperando que alguien se siente y la ocupe, pero lo más notable es que está mirando al centro, como si estuviese en una ronda en posición de apertura, lista para hablar. Tomo un sorbo de café. Quiero leer para distraerme y un texto viene a hablarme directamente a mí, lo empiezo a leer y al toque pienso: ¿Es joda esto? El texto: Si de aquí no soy, ¿por qué me quedo? He pasado mucho más tiempo del que he querido en lugares equivocados. Me he sentado en una mesa que no era la mía, sonriendo por compromiso. Es la sensación de ocupar un asiento prestado. Cumplir con la presencia, pero con la mente en otro lado. Fingir que está bien, mientras algo en el fondo repite: acá, no es. Me acostumbré a esa incomod...

La receta del olvido

16 semanas 112 días 2688 horas 9676800 segundos El tiempo no se mide con tiempo. El tiempo se mide en vida vivida, en lo que construye y destruye tu vida. 83 tostadas con palta y huevo poché 96 días del pase al gimnasio 6 compras quincenales al super 23 litros de café Cabrales (el de paquete violeta) 1110 burpees over the bar 4 resúmenes de las tarjetas de crédito 48 lavados cortos en el lavarropas 155 reproducciones de mi playlist favorita 1633 palabras de escritura terapéutica 57 suspiros post momentos de nostalgia 5 baños de inmersión a la luz de las velas 53 sahumerios de sándalo y palo santo 777 páginas de libros de ficción y neurociencia 5 reuniones de trabajo con mi team 108 preguntas al tarot de Rider 25 copas de malbec, pinot noir y cabernet franc 2 partidos de la selección argentina 18 viajes en tren, colectivo y subte 5 resacas de alcohol y otras drogas 221 abrazos de amigos para sentir presencia 3956 canciones de rock nacional e internacional, folklore, trap, jazz, blues, c...

La taza

La despierto cada mañana con un sorbo de café. Para ella, infaltable. Casi sagrado como su rutina de entrenamiento para renovar su energía, activar sus endorfinas y empezar cada día con una sonrisa en su rostro, al son de una canción pegadiza, mientras baila en la cocina sintiendo el ritmo de la música en sus caderas. No solo baila. A veces canta también porque le viene esa necesidad desde sus entrañas. La necesidad de querer verbalizar en melodías lo que siente y recitar con los ojos cerrados esas partes de la canción donde se identifica y se revela. Cierra los ojos porque así puede sentir la letra y la música en su pecho, en su alma. No le importa si baila o entona bien. Le importa sentir, le importa cantar, sacar para afuera, expresar lo que su cuerpo siente, como un bendito ritual, porque está convencida que esa es su única religión: expresar para no enfermar. Conmigo hace algo parecido: disfruta tomarme con sus dos manos, me sostiene rodeándome con sus palmas para sentir mi calorc...

Placer • del • hoy

Paralizar la vorágine Escuchar el silencio Contemplar el sahumerio prendido Mirar por la ventana Ver el rayito de sol Salir al patio Sentarse en el pasto Cebar un mate Ver como la yerba se moja y la bombilla se hunde Sentir el olor a mate, a yerba húmeda Cerrar los ojos Mirar de cara al sol Respirar profundo Inflar el pecho Exhalar y sentir calorcito en tu cara Tomar el mate Mirar a un punto fijo Pensar en el ahora Conectar con el hoy Observar el verde a tu alrededor Sonreír Sentir placer por la vida Ser feliz por estar vivo ¡Gracias por leer!