Hogar, arquitectura íntima de lo cotidiano
Camino por las calles de mi barrio.
No es casualidad que lo hayan apodado el barrio inglés.
Siempre hay una divina coincidencia que viene a tocar alguna parte de mí, como si las calles que camináramos también supieran quiénes somos.
Caminar por estas calles me hace sentir en casa.
Pero quiero ponerme técnica, casi filosófica, porque no es lo mismo que un hogar.
Definir qué es hogar es casi tan imposible como definir lo abstracto.
Y si intentamos definir algo, ya lo estamos limitando, diría el chino Darín.
Aun así, siento la imperiosa necesidad de describir una secuencia de escenas que, en mi imaginario, construyen hogar:
El olor a comida recién hecha flotando en el aire como humo sagrado.
El murmullo de una televisión encendida en otra habitación.
Una voz que avisa que hay que poner la mesa porque la cena ya está lista, seguida del sonido de los cubiertos y los platos acomodándose para compartirse.
La chispa de una hornalla encendiendo una olla como quien enciende un ritual.
El aroma del café recién filtrado mezclándose con el de las tostadas recién hechas.
Una voz desconocida que dice: —poné la pava que enseguida estoy ahí—.
El timbre anunciando una visita planeada o inesperada.
Una sobremesa de fin de semana discutiendo ferozmente sobre política, pero sin dejar de pasarse el pan.
Sábanas recién lavadas, suaves, con olor a suavizante, esperándote como un abrazo limpio.
Un viernes a la noche que empieza con el descorche de un malbec y el perfume de un guiso de invierno.
El susurro del ajo friéndose antes de casarse con el tuco para alojar la sagrada pasta del domingo.
El ruido del verano auspiciado por una obstinada chicharra y por las aspas del ventilador girando como un mantra.
Sonrisas cansadas dibujadas sin esfuerzo, seguidas de un abrazo, envolvente y contenido, de los cuerpos al final del día, como un rezo que corona el paso del tiempo.
Podría decir que todo eso es hogar.
Pero no.
De pronto me doy cuenta de que no.
Esa secuencia cálida de sucesos soy yo.
Soy yo proyectando hogar sobre mi mundo.
El hogar no era la casa.
Era yo construyendo refugio en lo cotidiano.
Creando, sosteniendo, repitiendo gestos mínimos de amor hasta que el amor se vuelve arquitectura.
Ese hogar se construye en la suavidad.
En la rutina amorosa.
En lo simple que se vuelve sagrado cuando alguien lo habita con presencia.
Y quizás, al final, hogar no es un lugar.
Es una forma de estar.
Una forma de amar.
Una forma de ser.
¡Gracias por leer!
Comentarios
Publicar un comentario