Lo viejo funciona

En un mundo que hoy vive tan aceleradamente, mi hobby favorito es ir a bares o restaurantes y sentarme a observar alrededor. Mirar que hacen las personas que están sentadas en otras mesas. Escuchar sobre qué hablan. Si es que están hablando, si es que sueltan el celular y conectan para charlar mirándose a la cara, a los ojos.

Es mitad de semana y mientras espero que me traigan mi plato de sorrentinos, en la mesa de al lado hay 5 personas. A simple vista, pareciera que son una familia. Un padre y sus 4 hijas. Y pienso: "Qué lindo que puedan compartir un almuerzo en la vorágine de la semana, no?" Pero escucho mucho silencio, entonces levanto la mirada y veo la típica y esperable realidad: cada uno con su celular en la mano, scrolleando, cada uno metido totalmente en su mundo. Estaban sentados en una mesa para compartir, pero desconectados entre sí. Yo no soy la excepción, igual. Yo también estaba metida en mi celular, pero incluso, estando sola, mi mente a veces me lleva a un recreo: suelto el teléfono y empiezo a apreciar a mi alrededor. Cada vez que hago eso, cada vez es más común encontrar esa imagen que se repite una y otra vez a cualquier lugar que vaya. 

Y siempre termino cuestionándome lo mismo: ¿Qué nos pasa que no podemos disfrutarnos de un momento cara a cara en la vorágine de la vida? Si, ya sé que vivimos en un mundo globalizadísimo, y eso cada vez va a crecer más. Estoy a favor de los avances y la tecnología, pero mi anhelo más profundo es que cada vez haya más y más personas que puedan tomarse recreos y salir del mundo digital para volver a las bases: a mirarse a los ojos, hablar cara a cara y conectar. Si tan solo supieran el poder que tiene la conexión humana por sobre la digital, creo que lo harían en un segundo sin dudar, como cuando agarras el celular sin pensar, de costumbre, y empezás a scrollear sin sentido, solo por aburrimiento.

¡Gracias por leer!

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