Aprendió a llover en paz

¿Existirá algo más maravilloso que sentir una calma plena por dentro mientras, afuera, una tormenta intensa parece tirar el mundo abajo? —Se preguntó, pero no quiere saberlo.

Esa dualidad exacta: paz y caos coexistiendo.
Tan opuestos.
Tan necesarios.

Fue la primera vez que sintió calma adentro suyo mientras el cielo se caía a pedazos y la lluvia se estrellaba contra el techo de chapa. El sonido torrencial, violento, insistente, le provocó un bienestar inexplicable.

Se sentó.
Cerró los ojos.
Y se entregó.

Meditó con lo que había, con lo que era, con lo que estaba pasando. Sin resistirse, decidió entregarse por completo. Sin empujar nada más. Nunca más. Ya no quería forzar. Solo sentarse a ver pasar la vida: los momentos, la quietud, las tormentas.

Porque, en el fondo, confiaba.
En ella.
En su alma.
En su historia.
En su propia coherencia.

Pensó que jamás iba a poder habitar una sensación así de contradictoria. Siempre le tuvo miedo a las tormentas. A los truenos, al viento furioso, a todo lo que llega sin aviso y desordena todo. A esas tormentas que aparecen de la nada y te obligan a detenerte.

Pero esta no.
Esta tormenta vino a hablarle de frente, cara a cara.
A mostrarle —con una calma que dolía de tan honesta— que, poco a poco, sus miedos más grandes ya se habían ido. Que ya no vivían ahí.
Y no quería que volvieran.

Ahora ese espacio lo ocupaban otras cosas: su imaginación, las ganas repentinas de sentarse a escribir en el medio de la vorágine, el coraje silencioso de escucharse por dentro. Chopin sonaba de fondo. El aroma floral velvet de su vela favorita flotaba en el aire y la embriagaba.

Y por primera vez, mientras afuera el cielo se partía en dos. Adentro, nada se rompía.
La lluvia golpeaba el techo como si quisiera entrar. Y por primera vez, ella, sentada, con los ojos cerrados, descubría que ya no necesitaba huir.

Y por primera vez, mientras el mundo parecía romperse afuera, ella no.
Ella estaba entera.

¡Gracias por leer!

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