Lo que se hereda

Lo que se hereda, no se roba.
Pero, ¿qué se hereda?
¿Objetos, gestos, silencios, pasiones?
¿Heredar es recibir? ¿O aceptar?

Hay herencias que dan orgullo.
Otras que pesan.
Y otras que negamos, como si la rebeldía de negarlas pudiera borrar la sangre.
Aunque lo heredado no puede esconderse.
Late, insiste, vuelve.

Me volví a encontrar con esta reliquia: la cámara analógica Pentax de papá.
Modelo 1985, un año antes de que yo naciera.
Quizás él ya estaba fotografiando el mundo antes de que yo lo habitara.

Una cámara analógica en el 2026.
Un diamante fuera del tiempo.
Necesita service, rollos, paciencia. Amor.
Como todo lo que vale la pena.

Quiero llevarla conmigo.
Como una brújula.
Como un portal.
Como un hilo invisible entre su mirada y la mía.
Como un recordatorio de quién fui, de dónde vengo,
y de que mi mirada también es una herencia en expansión.

Hoy la sostengo como quien sostiene una reliquia, un amuleto, una conversación pendiente.
¿Tal vez, sin saberlo, de él heredé la fotografía?
¿Tal vez mi manera de mirar la heredé de él?
¿Tal vez siempre estuve mirando con sus ojos?

La quiero arreglar. La quiero usar.
Porque hay memorias que no se archivan: se revelan, como los rollos fotográficos.

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