La taza

La despierto cada mañana con un sorbo de café. Para ella, infaltable. Casi sagrado como su rutina de entrenamiento para renovar su energía, activar sus endorfinas y empezar cada día con una sonrisa en su rostro, al son de una canción pegadiza, mientras baila en la cocina sintiendo el ritmo de la música en sus caderas.

No solo baila. A veces canta también porque le viene esa necesidad desde sus entrañas. La necesidad de querer verbalizar en melodías lo que siente y recitar con los ojos cerrados esas partes de la canción donde se identifica y se revela. Cierra los ojos porque así puede sentir la letra y la música en su pecho, en su alma. No le importa si baila o entona bien. Le importa sentir, le importa cantar, sacar para afuera, expresar lo que su cuerpo siente, como un bendito ritual, porque está convencida que esa es su única religión: expresar para no enfermar.

Conmigo hace algo parecido: disfruta tomarme con sus dos manos, me sostiene rodeándome con sus palmas para sentir mi calorcito, me olfatea mientras un leve y suave vapor le inunda su boca y su nariz con mi aroma sabor a desayuno. Y otra vez con los ojos cerrados, respira profundo porque quiere impregnarse de su momento favorito del día: el desayuno.

Después, mira por la ventana de la cocina, contempla el patio y el jardín, sonríe, sus ojos se achinan y mientras su mirada no hace foco en nada, agradece sentirse viva otro día más, agradece encontrar belleza pura en la simpleza de lo cotidiano.

¡Gracias por leer!

Comentarios

Entradas populares de este blog

Lo viejo funciona

∞ 𝑬𝒍𝒔𝒂 • 𝒎𝒊 𝒂𝒎𝒖𝒍𝒆𝒕𝒐 ∞

Un nido