La reposera me habló
Es domingo a la mañana en mi cocina. Me apoyo sobre la mesada, levanto la mirada y el vidrio de la puerta que da al patio quedó lo suficientemente abierta para que me refleje la imagen de una reposera negra, en el medio del jardín tan verde. Está sola en posición erguida, como si estuviera esperando que alguien se siente y la ocupe, pero lo más notable es que está mirando al centro, como si estuviese en una ronda en posición de apertura, lista para hablar.
Tomo un sorbo de café. Quiero leer para distraerme y un texto viene a hablarme directamente a mí, lo empiezo a leer y al toque pienso: ¿Es joda esto?
El texto:
Si de aquí no soy, ¿por qué me quedo? He pasado mucho más tiempo del que he querido en lugares equivocados. Me he sentado en una mesa que no era la mía, sonriendo por compromiso. Es la sensación de ocupar un asiento prestado. Cumplir con la presencia, pero con la mente en otro lado. Fingir que está bien, mientras algo en el fondo repite: acá, no es. Me acostumbré a esa incomodidad. Hay un dolor silencioso en permanecer donde sabes que no -sos-. Es un desgaste que no se nota de golpe, pero que sí va vaciando de a poco (como el de los glaciares). Tardas en notarlo, hasta que un día un trozo gigante se desprende de vos, y se pierde para siempre. Es cierto que hay algo de protección en ese ritmo: Si no te instalas, no perdés nada cuando te toca irte. Pero también hay un precio altísimo: el de nunca poder sentirte en casa. Creo que la vida no grita, sino solo te incomoda hasta que por fin entendés. Y sé que no es fácil levantarse de la mesa en la que el resto hace como si nada está pasando. Sé que el momento en el que lo haga todo el mundo va a mirar y me aterra. Me da miedo equivocarme, pero pensándolo bien, me asusta muchísimo más quedarme para siempre en donde nunca voy a -ser-. Aún así, creo firmemente que la vida guarda sillas con tu nombre, incluso cuando ni vos sabes que existen. Y que lo importante no suele anunciarse con anticipación sino que tiene la costumbre de aparecer en medio de lo cotidiano. En las conversaciones con amigos y en el golpe seco que sentís en el estómago cuando algo adentro te dice: no va más. Creo que sentirte forastero es, de algún modo, tener la certeza de que en algún lugar existe un sitio en donde por fin vas a poder soltar. Cuando el miedo a dejar ir te apriete, acordate que: aunque no lo veas, hay una silla esperando con tu nombre grabado... hay lugares preparados para vos, aunque todavía no hayas llegado.
Por supuesto que no pude parar de leer este texto hasta el final porque me atrapó, me vino a buscar para revelarme y regalarme certezas. Encima de fondo con música instrumental y emotiva al son de violines hace que me atraviese el alma y se me inunde la vista de lágrimas, pero lo terminé de leer igual y vuelvo a levantar la mirada para ver la reposera, mi reposera, la que me está esperando en las partes del mundo que sea, le sonrío, me sonrío y caen más lágrimas de felicidad y coraje. Coraje por tener la valentía de soltar el miedo para que no apriete más y soltar la incertidumbre para entregarme a lo que se presente y pueda tener la certeza y la sabiduría de saber qué es para mí, abrazarlo y agradecer.
Sin dudarlo un segundo, me puse a escribir esto desde mi cocina porque así lo sentí, porque así tenía que ser porque me ayudó a que se me pase la angustia y la tristeza porque hacer lo que te hace bien, te salva. Solamente tenes que abrir tus alas, saltar al vacío y volar a donde intuís que vas a poder -ser- vos, sentado en tu silla con tu nombre grabado.
LaLa-.
¡Gracias por leer!
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