Entradas

Mostrando entradas de enero, 2026

Donde no hay nada, estás vos

Habitar el vacío a veces te calma, a veces te ahoga. Pero quien lo evita, también se evita a sí mismo. Habitar el vacío es tan necesario como el primer soplo de vida de un recién nacido. Es un acto de extrema supervivencia. Es elegir una vida con voz propia. Y sí, también es ahogarse. Hasta sentir que no te llega el aire a los pulmones. Ese vacío no se llena con cualquier cosa. En el fondo, siempre sabés cuándo lo estás llenando para no habitarlo. Evadís la angustia y la confundís con confort. Evadís la soledad para no encontrarte con vos. Con tu voz. Un error de aprendiz. Porque en el vacío —en el silencio— te encontrás. Te hablás. Te escuchás. Ahí no hay superficialidad que alcance. Ahí no hay máscaras, ni filtros, ni atajos. De ese espacio nace, crece y se enraíza tu yo auténtico. El que no pide permiso. El que no actúa. El que simplemente es. Habitar el vacío te desnuda por completo. Como cuando un par de manos te reciben al venir al mundo por primera vez. ¡Graci...

El colador de los recuerdos

Es domingo. Nunca madrugo los domingos. Es muy raro que lo haga. Sucede cada muerte de obispo, como diría mi abuela. Aunque los dichos de "vieja" los aprendí de mamá y los llevo con orgullo. Este domingo en particular estaba todo dado para levantarme a una hora socialmente aceptable, pero la criatura salvaje y domesticada de mi perrito, Balto o Baltimore, como lo llamo en inglés, vino a encallar a mi lado, en la cama. Buscó su huequito para que su cuerpo y el mío encastren cual piezas de rompecabezas. Mi regocijo fue tan placentero, como cuando terminabas de hacer encajar la última pieza que armaba el rompecabezas, pero con la diferencia de que una vez que lo terminabas, no sabías que hacer y yo, ese domingo de verano, en mi cama, enredada a Baltito, sí, sabía. Supe ser feliz con muy poco, o con mucho mejor dicho: el calorcito de los dos, los mimos que le entregaba y nuestras respiraciones profundas al unísono que nos condujeron a esa paz inigualable que vas teniendo cuando c...

Aprendió a llover en paz

¿Existirá algo más maravilloso que sentir una calma plena por dentro mientras, afuera, una tormenta intensa parece tirar el mundo abajo? —Se preguntó, pero no quiere saberlo. Esa dualidad exacta: paz y caos coexistiendo. Tan opuestos. Tan necesarios. Fue la primera vez que sintió calma adentro suyo mientras el cielo se caía a pedazos y la lluvia se estrellaba contra el techo de chapa. El sonido torrencial, violento, insistente, le provocó un bienestar inexplicable. Se sentó. Cerró los ojos. Y se entregó. Meditó con lo que había, con lo que era, con lo que estaba pasando. Sin resistirse, decidió entregarse por completo. Sin empujar nada más. Nunca más. Ya no quería forzar. Solo sentarse a ver pasar la vida: los momentos, la quietud, las tormentas. Porque, en el fondo, confiaba. En ella. En su alma. En su historia. En su propia coherencia. Pensó que jamás iba a poder habitar una sensación así de contradictoria. Siempre le tuvo miedo a las tormentas. A los truenos, al viento...