Terminó
La carta de mi abuela, que no puedo encontrar por ningún lado, decía que según ella yo adoraba la guitarra. Que cosa che, porque desde que la leí por primera vez hasta ahora, eso no me resonó nunca. Pensé que en la carta me iba a decir que lo que más adoraba era escribir, el arte de expresar en palabras lo que mi voz necesita sacar de mi cuerpo. Pues ahí, acá, es a donde encuentro este sentimiento de exactitud, donde siento que encajo tan bien que no quiero que nadie, ni nada me saque de acá.
Una de nosotras se levantó y empezó a juntar los platos de la mesa. Esa señal en cualquier juntada significa el principio del fin y automáticamente todas empezamos a colaborar para ir cerrando, agarrar nuestros petates y nuestros souvenirs para fundirnos en un abrazo y en un beso de despedida. Terminamos la formación. Nos convertimos en maestras y es el comienzo para empezar a navegar otras aguas y llevar nuestra sabiduría a otros cuerpos. Caminamos hasta la puerta. El ritual de la despedida se alarga por unos minutos más. Me quedo a acompañar a Euge hasta que llegue el Uber que la viene a buscar. Esta costumbre de sostenernos entre mujeres, un poco porque así somos por naturaleza y otro poco por la triste costumbre de cuidarnos entre nosotras ante posibles peligros. La despido de nuevo con un beso y empiezo caminar conmigo hasta Dorrego, mi hogar hasta dentro de unos pocos meses.
Ahora empieza mi ritual. Otra vez Lalita buscando inmortalizar el momento, combinando todo lo que sentía en el cuerpo con música. Soy mi DJ favorita. Mientras camino liviana, con una sonrisa de satisfacción y paz, mirando a un horizonte imaginario pero sin enfocar en nada, pienso que canción me representa tanto para que este momento se tatúe en mi memoria hasta el último día de mi vida en este plano. Quiero que este momento sea parte de esa película que dicen que ves antes de dar el último suspiro. Sigo buscando canciones, pienso y voy a buscar en mis "me gusta". La primera canción es "LALA" de Alicia Keys, le sonrío a la pantalla de mi celular y sigo caminando. Los auriculares ya estaban acomodados en mis oídos, esperando los acordes para deleitarme. Aparece un tango, "Sos vos", le doy play, la escucho. Me había olvidado que la había dejado en mi selección de favoritos, pero siento que esa no es la canción. Sigo buscando porque la búsqueda activa es mi mejor versión. La cantidad de veces que recibo a diario el mismo comentario: sos re activa, haces un montón de cosas, me encanta que no te quedas quieta. Y no, mi querido, la vida es movimiento, en todos los sentidos posibles. La quietud trae estancamiento y si querés algo nuevo en tu vida, necesitas moverte, accionar y generar espacio para descubrir lo que te enciende. Buscando, probando, es que podes encontrar ese algo que te enciende una chispa interior para que después vayas por la vida haciendo fogones y poder esparcir tu calor.
Vuelvo a la búsqueda de la canción perfecta y me topo con "Norfolk" por Peaceful Cello, una melodía instrumental que me teletransporta de inmediato a un universo muy mío, muy fiel a mi estilo. Y si, no era para menos. Mi primer bebé, el bilingüe. Me acordé que había guardado esta canción en mis favoritos porque era tan yo que no podía creer que se llame así. Una vez más la vida me trae esos mensajes que pienso que es el destino o el universo haciéndome una joda, pero no. Esto es lo real. Esto te sucede cuando estas tan conectado con vos, con tu consciencia, tu espíritu y tu intuición, que no podes creer que esta pasando.
Encontré la canción. Me deleito mientras pongo mis manos adentro de los bolsillos de la campera para seguir mi camino hasta casa. El volumen esta al máximo porque quiero que me envuelva en una burbuja de cristal y que nada la irrumpa. Si, ya sé, no vivo en el primer mundo. Estoy caminando por las calles de mi adorado conurbano y son casi las nueve y media de la noche. Para cualquier vecino temeroso, abuelo, abuela o persona que se alimenta con noticias del miedo, soy una intrépida e imprudente, pero no me importa. Elijo creer que tengo una protección que va mas allá para que tener estos momentos únicos y mágicos. Sigo caminando escuchando mi canción, con una sonrisa dibujada en mi rostro, con mi mirada en el horizonte imaginario y en mi mente me agradezco primero a mi "Gracias, Lalita hermosa", después le agradezco a la vida, a todo lo que me llevó a estar a donde estoy, antes y ahora, a pesar de haber atravesado tormentas y haberme curado heridas, como le dije hoy a mi amiga Vic: todos traemos heridas, pero somos nosotras quienes elegimos cicatrizarlas, todos vivimos con cicatrices. Son las marcas de los sucesos que nos partieron a la mitad, pero también que nos hicieron mas fuertes y nos hicieron encontrar con una versión nuestra mas auténtica.
Sigo caminando por las veredas que caminé cada sábado durante los últimos 3 meses. Levanto la mirada y veo el mural en la esquina de siempre. Unos ojos me están mirando fijo, es una mirada más bien masculina, intensa, tiene una mezcla de firmeza y seriedad. Al lado se lee: Nadie se salva solo. En mis oídos sigue sonando "Norfolk". Mis ojos miran los ojos del hombre mural. Le sostengo la mirada, me sonrío, asiento con la cabeza dos veces y se inundan mis lagrimales. Sigo camino a casa, pero la canción perfecta va llegando al final. Casi como si el destino fuera el director de orquesta. Me quedan pocos pasos para abrir la puerta, la canción termina pero no sin antes el broche de oro. Levanto mis ojos al cielo y una luna llena magníficamente redonda, brillante y esplendida me deleita este cierre tan poderoso.
No quiero que termine. Ahora no quiero llegar a casa. Todavía es invierno. Estoy abrigada, pero no hace frío, o yo no lo siento. Frené mis pasos. Necesitaba quedarme quieta para adorar a mi luna lunera. Mi fotógrafa interna y novata no puede dejar de tener registro de esta luna tan esplendorosa. Hago el intento de tener la mejor captura. La sigo observando con devoción y doy los últimos pasos hasta llegar a la puerta de mi casa.
Terminó. En tres meses hubo una Lala que quedó atrás y ahora llegó otra nueva Lala. Y eso que pensaba ya había cambiado la piel, pero las serpientes viven cambiando de piel, y Lala también. Y todos también. Solo hay que atreverse a saltar al vacío, navegar la incertidumbre sabiendo confiar que ese hueco va a inundarse de todo lo que viene a encontrarte, de todo lo que la vida necesita darte como premio a todo lo que arriesgaste para llegar a tu nueva era, la más auténtica.
Entro a casa. La reconozco por el aroma a hogar y también a sahumerio. Me abraza, me abriga. Me siento en la mesa y sigo mi ritual. Prendo mi velita de jazmín blanco, miro y leo los recuerdos de este trayecto. Pongo el ramito de fresias en un jarroncito con agua. Al lado esta mi cámara de fotos, una reliquia que llegó a mis manos cuando mi primer cambio de piel empezó en enero del 2025. La miro y en mi boca se dibuja otra sonrisa. La agarro con mis dos manos y la sostengo con muchas ganas. Escucho mi nuevo sonido favorito: Del off pasa al on. La cámara se prende, apunto a la mesa. Hago foco en la vela, atrás las fresias, las fotos y el texto de despedida de la formación. Sostengo ese cuadro con firmeza y se escucha el disparo. La foto salió y ese nuevo comienzo queda registrado en la tarjeta de memoria. Ahora el columpio se transformó en la cámara. ¿O será que quizás llegó la cámara de fotos para acompañar y sostener al columpio?
Voy a dejar nuevamente que la vida y yo nos encarguemos de descubrir la próxima nueva aventura de Lala. Porque aventuras nunca van a faltarme. Eso me prometo en cada brindis que me hago. Me celebro. Te celebro, Lalita mía. Te agradezco. Te venero. Te disfruto. Te felicito. Te abrazo desde siempre y hasta que nos toque dar el último suspiro en este plano para volar a otro y seguir buscándote.
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