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Mostrando entradas de febrero, 2026

Hogar, arquitectura íntima de lo cotidiano

Camino por las calles de mi barrio. No es casualidad que lo hayan apodado el barrio inglés . Siempre hay una divina coincidencia que viene a tocar alguna parte de mí, como si las calles que camináramos también supieran quiénes somos. Caminar por estas calles me hace sentir en casa. Pero quiero ponerme técnica, casi filosófica, porque no es lo mismo que un hogar. Definir qué es hogar es casi tan imposible como definir lo abstracto. Y si intentamos definir algo, ya lo estamos limitando, diría el chino Darín. Aun así, siento la imperiosa necesidad de describir una secuencia de escenas que, en mi imaginario, construyen hogar: El olor a comida recién hecha flotando en el aire como humo sagrado. El murmullo de una televisión encendida en otra habitación. Una voz que avisa que hay que poner la mesa porque la cena ya está lista, seguida del sonido de los cubiertos y los platos acomodándose para compartirse. La chispa de una hornalla encendiendo una olla como quien enciende un ritual. ...

La piel de gallina

Chicken skin o goosebumps , en inglés. Una expresión coloquial para nombrar eso que te atraviesa tan hondo que despierta algo que ni sabías que estaba ahí. Una revelación sagrada de la piel cuando algo invisible la toca primero. Ironías del lenguaje, ¿no? Ser “gallina” se asocia a ser miedoso (o de River), pero sentir piel de gallina es todo lo contrario. Dicen que es miedo. Yo creo que es presencia. Es el instante en que algo más grande te roza: una verdad, una intuición, un amor, una herida, la belleza. La piel que se eriza es un mensaje del subconsciente emocional. A veces es el alma reconociendo algo antes que la mente. Una memoria antigua activándose en silencio. Una vibración que llega sin avisar. Cuando la piel se eriza, el cuerpo recuerda que es un portal. Que no todo se explica con palabras. Que hay mensajes que llegan con una sutil electricidad, como susurros sin idioma. Como un mensaje inesperado que te recuerda que estás viva. Que algo te tocó. Que sentís. Sentir tanto es ...

Besos que no sabían tu nombre

Imposible olvidar los besos que te di en la espalda como quien recuerda un rezo que aprendió en secreto. Mi boca seguía el oleaje lento de tu respiración, y besar era una forma de inclinar mi alma. Abrazada de atrás a tu cintura, sembré mis besos como quien cuenta estrellas en una noche sin luna, hasta que el tiempo se volvió innecesario y el número perdió sentido. Entonces tu cuerpo se movió, como si supiera pedir sin voz, como si el deseo tuviera su propia gramática, anterior a las palabras. Ese idioma que sólo hablan los cuerpos cuando se saben a salvo, cuando no necesitan traducirse ni justificarse. ¿Era amor ese lenguaje? ¿O era un cuerpo pronunciando la palabra amor sin saber todavía su nombre? ¡Gracias por leer!