Era esto
"No creo más en el amor", me dijo.
"La única forma de amor más puro y verdadero que existe es la amistad. No hay otra.", eso me confesó mi amiga, casi con un sentido absolutista que, primero me chocó, pero después de dos segundos me dije para adentro: sí, es absolutamente verdad.
¿Cuántas veces te achicaste para no parecer la exagerada, la intensa?
¿Cuántas noches te fuiste a dormir preguntándote si había algo más? ¿Si lo que tenías era lo que querías, lo que te hacía irte a dormir feliz?
¿Cuántas veces te autoconvenciste de que así tenía que ser, que así estaba bien, que por sentir que pedir más eras desagradecida de lo ''lindo'' que tenías en ese momento?
¿Cuántas veces te quedaste esperando ese mensaje, esa demostración de amor, de interés en momentos que para vos eran de los más importantes en tu vida? Pero justificabas todo con el "aunque no me lo diga, sé que siente lo mismo que yo". Todo para seguir quedándote en la comodidad de conformarte con migajas.
La vida es tan maravillosa como tan hija de puta a la vez. Y cuando decide hacerte atravesar tus sombras más oscuras, cuando te obliga a cruzar ese umbral que te hace arder la piel para arrancártela, y que te duela tanto que cale hasta en tus huesos, todo eso significa que ya estabas lista para que te pase, por más resistencia que opongas a ese cambio de piel.
Cruzar esos umbrales no es para nada divertido. Es doloroso a extremos de sentir que tu cuerpo no te pertenece, que tu mente va a vivir en las tinieblas por siempre, que tus emociones van a quedar enterradas en lo más profundo de la tierra. Pero como todo cruce y como todo en la vida, es temporal. Nada es para siempre. Todo empieza y todo termina también. Solamente hay que entregarse al dolor, al cambio, a la incertidumbre, a perder el control de todo, a saltar al vacío, pero confiando que cada paso que das es desplegando tus alas, por más que no entiendas lo que esté pasando.
Todo tiene sentido. Todo sucede cuando debe suceder, ni antes ni después, ni tarde ni temprano. Se trata de hacer cuerpo a los tiempos divinos de las sincronías exactas. Y cuando arriesgas todo y sentís que lo perdiste todo porque confiaste, aún sin tener la más mínima certeza de que sea la decisión correcta, recién se puede decir que empieza el cruce.
Comienza a llegar todo eso que alguna vez esperaste, que alguna vez te preguntaste si existía, y vas a creerte loca porque no vas a entender cómo te llegó con tanta facilidad y tan orgánicamente. Con todos los condimentos que a vos siempre te gustaron. Todos.
Esas amigas que llegan con toda su naturalidad, amorosidad y extrema sensibilidad. Llegan para espejarte en tus luces y tus sombras. Llegan para acompañarte, para sostenerte cuando te caes, para recordarte quién sos cuando te olvidás de vos.
Ellas, las que pueden escucharte contar la misma historia una y otra vez y nunca hacerte sentir que estás hablando demasiado. Las que hacen que no tengas que traducirte para ser entendida. Las que se quedan ahí, incluso cuando vos ya no sabés cómo poner en palabras lo que te pasa. Las que te devuelven una mirada que dice: te entiendo, te veo, estoy acá y para siempre.
Sentir en el cuerpo que podés ser quien realmente sos, sin medir cada palabra, sin editarte, sin preguntarte si estás siendo demasiado, sin pedir perdón por sentir tanto.
Tener charlas interminables, terminar y sentir en el cuerpo que te vas a dormir sabiendo que tenés uno de los LUJOS más caros de la vida: presencia.
Y quizás ahí esté la verdadera respuesta.
Quizás no dejaste de creer en el amor.
Quizás simplemente dejaste de conformarte con cualquier cosa que se le pareciera.
Porque cuando finalmente encontrás un amor que no te pide que te achiques, que no te hace dudar de tu lugar y que no te obliga a traducir tus necesidades para que sean entendidas, algo en vos deja de estar en alerta. Y entonces entendes que no era demasiado lo que querías.
Era esto.
Sentirte en casa en presencia de otro.
Qué lujo.
Qué fortuna.
Comentarios
Publicar un comentario