El colador de los recuerdos

Es domingo. Nunca madrugo los domingos. Es muy raro que lo haga. Sucede cada muerte de obispo, como diría mi abuela. Aunque los dichos de "vieja" los aprendí de mamá y los llevo con orgullo.

Este domingo en particular estaba todo dado para levantarme a una hora socialmente aceptable, pero la criatura salvaje y domesticada de mi perrito, Balto o Baltimore, como lo llamo en inglés, vino a encallar a mi lado, en la cama. Buscó su huequito para que su cuerpo y el mío encastren cual piezas de rompecabezas. Mi regocijo fue tan placentero, como cuando terminabas de hacer encajar la última pieza que armaba el rompecabezas, pero con la diferencia de que una vez que lo terminabas, no sabías que hacer y yo, ese domingo de verano, en mi cama, enredada a Baltito, sí, sabía. Supe ser feliz con muy poco, o con mucho mejor dicho: el calorcito de los dos, los mimos que le entregaba y nuestras respiraciones profundas al unísono que nos condujeron a esa paz inigualable que vas teniendo cuando caes rendido al mejor y más profundo de los sueños. Así, dos horas ininterrumpidas. Dos horas de paz y amor.

Más tarde, me levanté y me preparé el café de cada mañana aunque ya era el mediodía, pero no sé empezar mis días sin mi religiosa taza de café. Cuando voy a dar el primer sorbo, veo que primero era mejor colarlo porque tenía "cositas". Entonces busqué otra taza para volcarlo y poder colarlo. Ese simple acto me trasladó a mi infancia y a mi papá.

Papá era el primero en levantarse todas las mañanas en casa. Nos despertaba a mis hermanos y a mí. Mientras escuchaba radio AM (por supuesto), nos preparaba el desayuno: el té con leche. Iba a cada pieza a repetir el llamado ¡vamoos, arriba! ¡dale, polaco! ¡dale, Lala! ¡Dale, tana!. Igual no todo era color de rosa. Después de la tercera vez, venía el alerta ¡vamooos che, que ya son siete y media, y se hace tarde! a los gritos todas las mañanas lo mismo. Mi hermana, la tana, era la primera en arrancar y sin pesar. A mi hermano y a mi nos pesaba. Esas mañanas no me gustaban. En realidad nunca me gustó madrugar. Bah, ¿a quién le gusta madrugar cuando lo más lindo que hay en la vida es dormir un poquitito más?

En fin, vuelvo a mi mañana de domingo, en mi casa, sin gritos, sin alertas ni radio AM de fondo, ni papá preparándome el desayuno, pero el simple acto de colar el café me hizo viajar en el tiempo y recordar que, más allá de los gritos de papá para despertarnos, él era el mismo tipo que nos colaba el té con leche a cada uno, pero no porque estaba feo o tenía "cositas", sino para enfriarlo un poco y que no nos quemáramos al tomarlo. A veces el amor está en los actos cotidianos más sencillos. Y tener la capacidad de verlos, de apreciarlos, recordarlos y agradecerlos es lo que los hace más reales.

Si eso no es amor, entonces ¿qué es?
Amar también es cuidar.

¡Gracias por leer!

Comentarios

  1. ...Uno vuelve siempre a ésos lugares donde amo la vida y entonces comprende como están ausente las cosas queridas... así dice una canción... que lindas sensaciones se vuelven a repetir en nuestras vidas adultas cuando las pudimos saborear, disfrutar, es como un cortometraje que nuestro cerebro las pusiera en funcionamiento. Al leerte volví a aquellos tiempos en que la prisa nos hacía ciegos ante ése acto de cuidar, de demostrar afecto, de amar...y coincido con vos
    AMAR ES CUIDAR
    PAPÁ NOS CUIDÓ SIEMPRE Y AHORA LO HACE DESDE OTRO PLANO, gracias por tan lindo recuerdo y reconocimiento 🥹😍🥰

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